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Está entre las grandes pasiones de la
humanidad, es el espectáculo más popular del
mundo y aun sin chimeneas se ha convertido en
una de las industrias que moviliza mayor volumen
de capital. No se circunscribe a fronteras
nacionales, se maneja con una organización
autárquica con su propia división de poderes y
niveles jerárquicos, y su macro-estructura es
comparable a la de las Naciones Unidas. Pero
también es un juego y, como tal, incluye un alto
nivel de azar. Participan veintidós jugadores y
tres jueces que aciertan y se equivocan
continuamente durante noventa minutos.
La historia del Fútbol Profesional muestra que,
en innumerables ocasiones, la diferencia
entre un éxito sin precedente y el fracaso más
rotundo ha sido producto de un racimo de
insignificancias. La dictadura de la casualidad
no sólo ha definido partidos. Campeonatos,
trayectorias y grandes fortunas dependieron, en
uno u otro sentido, de dos segundos de
inspiración individual o colectiva en noventa
minutos intrascendentes, o de los pocos
milímetros que definen si un disparo inatajable
culmina en gol o es devuelto por el travesaño.
Es difícil entender por que tantos actores
importantísimos han dejado librada su suerte a
tan pequeñas contingencias, haciendo muy poco
para controlarlas. La única explicación a
semejante descuido es que
hay muchas personas cuyas vidas dependen del
fútbol porque viven de él, pero son pocas, las
menos, las que entienden el fenómeno en toda su
complejidad. Lo demás es su consecuencia
directa: quienes no alcanzan a comprender por
qué pasan las cosas, difícilmente puedan
intervenir para cambiarlas en su favor.
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